Un cuento infantil sobre seguir intentándolo y no rendirse.
En un pequeño pueblo de tejados tranquilos y calles de piedra, vivía Berta, una niña de mejillas sonrosadas que soñaba con tocar el violín.
Su violín descansaba cada tarde junto a la ventana, donde entraba una luz doradita que parecía pintar todo de miel. Berta lo cogía con mucho cuidado, como si abrazara un pequeño tesoro.
Pero al principio no era fácil.
El arco temblaba entre sus manos y sus dedos, traviesos, no siempre encontraban el lugar correcto.
A veces, Berta fruncía el ceño.
A veces, suspiraba bajito.
Y más de una vez pensó:
—Quizá yo no sé tocar.
Entonces miraba por la ventana, respiraba hondo… y al día siguiente lo volvía a intentar.
Mientras otros niños corrían y jugaban en la plaza, Berta practicaba una nota, luego otra, y luego otra más.
Unas tardes salía bien.
Otras no tanto.
Hubo días en los que se sintió cansada. Días en los que los ojitos se le llenaron de lágrimas. Días en los que estuvo a punto de dejar el violín sobre la silla y no volver a tocarlo.
Pero siempre pasaba algo dentro de su corazón. Algo que le susurraba:
—Una vez más, Berta. Solo una vez más.
Y así, poco a poco, casi sin darse cuenta, las notas empezaron a cambiar.
Primero llegó una melodía como un pajarillo despertando. Después otra, más redonda y más bonita, como una brisa suave entre los árboles. Y un día, la música comenzó a salir de su violín como si siempre hubiera vivido allí.
Pasaron los meses.
Hasta que llegó la fiesta del pueblo.
Las farolillas colgaban de un lado a otro de la plaza y todo brillaba como en un cuento. Los vecinos hablaban bajito, los niños miraban curiosos y, en el pequeño escenario, Berta esperaba con el violín entre las manos.
Le temblaban un poco las piernas.
Le latía fuerte el corazón.
Pero no se marchó.
Cerró los ojos. Respiró hondo. Y empezó a tocar.
Entonces ocurrió.
La música salió suave, clara y bonita, como un hilo de luz en el aire. Voló por la plaza, pasó entre las flores de los balcones, rozó las farolillas y se quedó flotando en el silencio de todos.
Cuando terminó, por un instante, nadie dijo nada.
Y después… ¡plas, plas, plas!
Toda la plaza se llenó de aplausos.
Berta sonrió. No sonrió porque todo hubiera sido perfecto. Ni porque ya no tuviera nada más que aprender. Sonrió porque recordó cada tarde difícil, cada intento, cada vez que quiso rendirse… y no lo hizo.
Y aquel día comprendió algo importante: que a veces las cosas más bonitas no nacen de hacerlo bien a la primera, sino de seguir adelante con paciencia, poquito a poco, con corazón y sin rendirse.
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