Mamá siempre decía que, de pequeña, le encantaba bailar en cualquier rincón de la casa. “Me inventaba escenarios”, contaba riéndose. Pero con los años, entre el trabajo, la casa y las prisas, fue dejando de hacerlo… hasta que un día, sin saber muy bien por qué, volvió a decirlo en voz alta:

—Creo que quiero ser bailarina.

Yo la miré sorprendido. Mamá ya era muchas cosas: sabía hacer la mejor tortilla del mundo, arreglar juguetes rotos y dar abrazos que curaban cualquier tristeza. Pero bailarina… eso era nuevo.

Esa misma tarde, empujó la mesa del salón, se quitó los zapatos y puso música. Al principio se movía despacito, como si le diera vergüenza. Pero poco a poco, sus pies comenzaron a recordar. Giró una vez… y luego otra… y de repente, parecía que flotaba.

—¿Lo ves? —me dijo con una sonrisa—. Todavía está aquí.

Desde entonces, cada día baila un ratito. A veces conmigo, a veces sola. No importa si se equivoca o si no sigue ningún paso perfecto. Lo importante es cómo le brillan los ojos.

Un sábado fuimos juntos a una clase de baile. Había gente de todas las edades: jóvenes, mayores,… y todos sonreían igual que ella. Mamá no dejó de reír en toda la clase.

Esa noche, antes de dormir, me dijo:

—Nunca es tarde para empezar a ser lo que sueñas.

Y yo entendí algo muy importante: que los sueños no tienen fecha de caducidad.

Desde entonces, cuando alguien me pregunta qué hace mi mamá, yo lo tengo claro:

—Mi mamá quiere ser bailarina. Y lo está consiguiendo. 💫

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