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Escoge el tipo de aventura y el valor que quieres transmitir: empatía, valentía, respeto, gratitud y más.
Elige si será un cuento clásico o interactivo, y si prefieres una historia corta o más larga.
Selecciona el idioma, las ilustraciones y si quieres guardar el cuento en privado o compartirlo con la comunidad.
TuCuento está pensado para que el adulto prepare la historia y la comparta en familia.
Cuando no sepas qué cuento contar, empieza con una frase sencilla y deja que TuCuento te ayude a darle forma.
Un miedo, un valor, una aventura o algo que le guste a tu peque puede transformarse en un cuento familiar.
Elige el cuento clásico para leerlo del tirón, o el modo interactivo: al final de cada capítulo, escogerás entre 3 caminos y la historia continuará con la decisión tomada. Como los libros de "Elige tu propia aventura".
Cada historia queda guardada en vuestra biblioteca para releerla, continuar aventuras a medias o encontrarla cuando queráis. También podéis explorar cuentos compartidos por otras familias e inspiraros para crear la próxima historia.
Cada cuento siembra una pequeña semilla: generosidad, valentía, constancia, empatía… Una aventura educativa durante todo el año, para hablar de lo que importa en familia.
Compartir cuentos que emocionan, enseñan y nos acercan un poquito más cada día.
Cuentos que crean instantes inolvidables y momentos especiales para recordar.
Historias que abren puertas a nuevos mundos y despiertan la creatividad.
Descubre historias creadas para acompañar momentos cotidianos, valores y pequeñas aventuras familiares.

Oliver no quería saber nada del brócoli ni de las zanahorias... hasta que unos auriculares mágicos le permitieron escuchar una aventura inesperada en su propio plato.
Había una vez un niño llamado Oliver, que tenía seis años y una gran aversión por las verduras. Cada vez que su madre le servía brócoli y zanahorias en su plato, él fruncía el ceño y decía: —¡No quiero comer eso! Es asqueroso y feo.
Oliver prefería los espaguetis y las pizzas, pero un día todo cambió. Mientras exploraba el desván de su casa, encontró unos auriculares mágicos cubiertos de polvo. Curioso, se los puso. De repente, un brillo radiante llenó su cocina, y en su plato, las verduras comenzaron a hablar.
El brócoli se convirtió en un valiente astronauta verde, con un casco de papel de aluminio. —¡Hola, Oliver! Soy el Capitán Brócoli y estoy en una misión en el espacio. La zanahoria, con una capa roja y una máscara de cartón, saltó a su lado: —¡Yo soy la Súper Zanahoria!
Oliver no podía creerlo. Las verduras que había despreciado durante tanto tiempo tenían personalidades divertidas y aventuras increíbles.
El Capitán Brócoli propuso reunir a todos sus amigos verdes para celebrar una gran fiesta de verduras. El Pepino apareció vestido de pirata y la Lechuga se presentó como la bailarina principal. Entre canciones, risas y bailes, Oliver descubrió que cada verdura tenía algo especial.
Cuando se quitó los auriculares, la cocina volvió a la normalidad, pero en su corazón seguían sonando las risas y las canciones. Esa noche, al ver un guiso de verduras en la mesa, sonrió y dijo: —Hoy quiero probar el brócoli y las zanahorias.
Oliver aprendió que, aunque algo no le guste al principio, puede mirarlo con respeto y descubrir lo que aporta a su vida: sabor, diversión y muchas sorpresas.

Burbuja era un dragón diferente: no lanzaba fuego como los demás, pero podía crear pompas de jabón llenas de colores.
En un lejano reino donde los dragones eran tan grandes como montañas y escupían fuego como volcanes, nació un pequeño dragón llamado Burbuja. Mientras todos los demás competían por ver quién podía lanzar la llama más grande y aterradora, Burbuja se sentía diferente.
—¡Mira, Burbuja! —decía Roca, uno de los dragones más fuertes, mientras lanzaba una llamarada roja brillante—. Yo soy el mejor dragón del reino. ¡Nadie puede superar mi fuego!
Burbuja sonreía tímidamente. —Pero yo puedo hacer algo especial también... —murmuró. Entonces sopló suavemente y creó una burbuja gigante llena de colores que danzaban bajo el sol.
Al principio, los demás dragones se rieron. —¿Pompas? ¡Eso es solo un juego! Pero Burbuja no se desanimó. Aunque su aliento no producía llamas, sus burbujas eran tan hermosas que nadie podía dejar de mirarlas.
Un día, el rey dragón anunció una gran competencia. Todos debían demostrar su habilidad lanzando fuego. Burbuja, emocionado y nervioso, decidió participar. Sus amigos le dijeron que no podría ganar, pero él respiró hondo y respondió: —Tal vez no tengo fuego, pero tengo algo único que mostrar.
Cuando llegó su turno, Burbuja levantó la cabeza y sopló con todas sus fuerzas. Una burbuja gigantesca flotó hacia el cielo, brillando con todos los colores del arcoíris. Al estallar, llenó la cueva de destellos de luz, alegría y asombro.
El rey dragón se acercó a Burbuja y dijo: —Aunque no escupas llamas, has mostrado que tu magia es única. Has tenido el valor de ser tú mismo, y eso es verdaderamente valioso.
Desde ese día, Burbuja se convirtió en uno de los dragones más queridos del reino. Enseñó a todos que, a veces, ser valiente significa atreverse a ser diferente.

Rulo, un calcetín de rayas, se pierde en la lavadora y empieza una aventura por toda la casa para encontrar a su hermano Rayito.
Había una vez un calcetín llamado Rulo. Era un calcetín de rayas, con colores brillantes de azul, rojo y amarillo. Siempre estaba feliz cuando iba de paseo con su hermano gemelo, el calcetín Rayito.
Pero un día, mientras giraba en la lavadora, Rulo se deslizó y cayó en un misterioso agujero negro. ¡Oh, no! Se dio cuenta de que estaba solo y no podía encontrar a Rayito.
Sin pensarlo dos veces, decidió que debía encontrar a su hermano. —¡No puedo dejar a mi mejor amigo atrás! —dijo Rulo con determinación. Saltó por el agujero y comenzó su aventura.
Rulo apareció en una habitación oscura. Miró a su alrededor y vio un gran mar de juguetes. Cada juguete parecía guardar un secreto. —Tal vez Rayito esté con los bloques de construcción —pensó.
Buscó entre piezas, peluches y coches pequeños, pero no encontró a su hermano. Entonces escuchó un sonido: era Misi, el gato de la casa, jugando con un ovillo de lana.
—¡Hola, Misi! —gritó Rulo—. ¿Has visto a mi hermano Rayito? Misi negó con la cabeza, pero se ofreció a ayudarlo. Juntos buscaron en la cocina, entre cucharas, pan y una caja de galletas, pero no había ni rastro de Rayito.
Después de explorar la sala de estar y el baño, Rulo estaba cansado, pero no quería rendirse. —Tengo que encontrar a Rayito —repetía una y otra vez.
Justo cuando iba a sentarse un momento, escuchó un pequeño susurro: —¡Rulo! Era la voz de Rayito, que venía del fondo de un armario.
Rulo corrió con todas sus fuerzas y encontró a su hermano atrapado entre unos viejos zapatos. —¡Rayito! —exclamó con alegría. Los dos calcetines se abrazaron, rieron y bailaron mientras Misi los miraba con una sonrisa.
Rulo aprendió que la constancia ayuda a seguir buscando incluso cuando parece difícil. Y desde aquel día, nunca volvió a soltar a Rayito en la lavadora.
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