—¡Oh, no! ¿Dónde lo dejé?—exclamó Papá Noel mientras revolvía su taller lleno de juguetes, listados de niños buenos y papeles de regalo coloridos.
Era un día tranquilo en el Polo Norte. Los renos descansaban tras un largo vuelo de práctica, los duendes canturreaban mientras envolvían regalos, y Papá Noel disfrutaba de una taza de chocolate caliente. Todo parecía perfecto… hasta que se dio cuenta de algo alarmante.
—¡Mi gorro rojo!—dijo, llevándose las manos a la cabeza. El icónico gorro, con su borla blanca y suave, no estaba donde debía estar: sobre su cabeza.
—¿Lo perdiste otra vez, jefe?—preguntó Pip, un duende pequeño con gafas enormes y una sonrisa traviesa.
—No «otra vez», Pip. ¡Esta vez es serio! No puedo volar en Nochebuena sin mi
gorro. ¡Es mágico!—respondió Papá Noel mientras revisaba cada rincón de su enorme silla de cuero.
Pip frunció el ceño. —¡Entonces debemos buscarlo!
—¡Exacto!—dijo Papá Noel, decidido. Tomó su abrigo rojo y abrió la puerta del taller. Una ráfaga de viento helado entró, haciendo volar papeles y la lista de niños buenos.
—¡Primera parada: la pastelería de la Sra. Galleta!—dijo.
Caminaron por la nieve crujiente hasta la casita de la Sra. Galleta, una duende conocida por hacer las mejores galletas de jengibre del Polo Norte. Al entrar, el aire se llenó de un aroma dulce y cálido.
—Hola, queridos. ¿Qué los trae por aquí?—preguntó la Sra. Galleta, mientras sacaba del horno una bandeja de galletas en forma de estrellas.
—Estoy buscando mi gorro rojo. ¿Lo habrás visto?—preguntó Papá Noel con una mirada esperanzada.
La Sra. Galleta se llevó la mano al mentón. —Hmm, ahora que lo mencionas, vi algo rojo volando por el bosque esta mañana. ¿Quizás el viento lo llevó?
—¡Al bosque!—dijo Pip, emocionado.
El bosque estaba cubierto de nieve brillante. Los árboles, decorados con luces de colores, parecían salidos de un cuento mágico. Papá Noel y Pip buscaron entre las ramas, debajo de los arbustos y hasta detrás de las rocas.
De repente, un zorro ártico salió corriendo, llevando algo rojo en su hocico.
—¡Mi gorro!—gritó Papá Noel.
El zorro se detuvo al escuchar el grito y miró a Papá Noel con curiosidad. Pip sacó de su bolsillo una galleta de jengibre.
—¿Te gustaría un intercambio, pequeño amigo?—dijo suavemente.
El zorro olfateó el aire, dejó caer el gorro y tomó la galleta con cuidado antes de desaparecer entre los árboles.
Papá Noel tomó el gorro y lo sacudió para quitarle la nieve. —¡Gracias, Pip! Gracias, zorro. ¡Este gorro es más que un accesorio; tiene toda la magia de la Navidad!—
Pip sonrió. —Menos mal que lo encontramos. Imagínate Nochebuena sin él. ¡Qué desastre habría sido!
Papá Noel se lo puso con orgullo. Al instante, una chispa mágica iluminó el aire, y su sonrisa se hizo más grande que nunca.
Al regresar al taller, los duendes aplaudieron. Todos estaban listos para la gran noche.
—Ahora sí, ¡a repartir regalos!—dijo Papá Noel, guiñando un ojo.
La magia de la Navidad estaba a salvo otra vez.