Este cuento infantil sobre empezar de nuevo invita a los niños a comprender que los errores y las pérdidas también pueden transformarse en nuevas oportunidades.
En un pequeño taller de cerámica, donde el olor a barro húmedo y a fuego recién apagado llenaba el aire, trabajaba David, un joven aprendiz.
Había pasado semanas moldeando un jarrón especial. No era solo un objeto: para él representaba paciencia, esfuerzo y algo más… era la primera vez que sentía que sus manos y su corazón trabajaban al mismo ritmo.
Cuando lo terminó, lo colocó en la repisa más alta, donde entraba la luz del sol. Allí, las vetas de color que había pintado parecían brillar.
Una mañana, mientras limpiaba el taller, David subió a la escalera para acariciar el jarrón y asegurarse de que no tuviera polvo. Un leve tropiezo, un resbalón, un instante de desequilibrio… y el jarrón cayó.
El sonido del barro rompiéndose contra el suelo fue breve, pero suficiente para que David sintiera que algo dentro de él también se quebraba.
Se arrodilló. Reunió los pedazos con cuidado, como si todavía pudieran sentir dolor. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Maestro… —dijo, con la voz ahogada—. He roto mi mejor obra.
El maestro Julián, un hombre de manos firmes y mirada tranquila, se acercó sin prisa. Observó los trozos en silencio. Luego, con una serenidad que desconcertó al joven, le dijo:
—Es cierto, David. Ya no puedes volver a hacerlo como antes.
El aprendiz bajó la mirada. No esperaba consuelo, pero tampoco pensaba escuchar tanta simpleza.
—Entonces… ¿de qué sirve ahora? —preguntó con amargura.
Julián se agachó y tomó un fragmento. Lo puso contra la luz. El pedazo, aunque roto, seguía mostrando el brillo de sus colores.
—Sirve para muchas cosas. Tal vez ya no será un jarrón, pero puede convertirse en otra cosa.
David lo miró sin entender.
—Podrías usar estos trozos para hacer un mosaico —continuó el maestro—. O podrías molerlos hasta hacer polvo y mezclarlos en una nueva pieza. Lo roto no siempre es el final. A veces es solo una forma distinta de seguir.
El joven suspiró.
—Pero… ya no será lo mismo.
Julián sonrió.
—Exacto. Y ahí está el regalo. El error, la pérdida, la ruptura… nunca nos devuelven lo que teníamos, pero sí nos invitan a crear algo distinto, tal vez más hermoso, tal vez más sabio.
Se levantó, fue hasta un rincón del taller y sacó una caja. Dentro había fragmentos de platos, jarras y tazas que alguna vez habían sido enteras.
—Mira —dijo—, cada pedazo de aquí formará parte de una mesa de mosaico que voy a regalar al pueblo. Cada pieza rota tiene un lugar en algo más grande.
David observó los pedazos de su jarrón en su mano. De pronto, la idea de transformarlos ya no le parecía una resignación, sino una oportunidad.
Durante las siguientes semanas, trabajó con paciencia. Pulió los bordes, eligió la posición de cada trozo y los colocó en un gran círculo de colores.
Cuando terminó, el mosaico parecía un amanecer: los tonos cálidos del barro y el brillo de los fragmentos daban vida a la madera.
El día que lo llevaron a la plaza, los vecinos lo rodearon admirados. Nadie sabía que, en ese diseño, latía la historia de un jarrón roto y un aprendiz que aprendió a mirar más allá de la pérdida.
David sonrió al verlo allí, al alcance de todos. Y comprendió que, aunque su jarrón ya no existía, algo de él seguiría en cada mirada que se posara sobre aquel mosaico.
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